Estoy sentado y humedecido mecido por mis calores
y las aguas traspasan mis oídos traslúcidos
No aprenderé las palabras que me están rozando
ni desliaré mi lengua de debajo de mis pisadas
Pienso seguir así hasta que el agua se alce
hasta que mi piel desprendida deje sueltos los ríos

(Vicente Aleixandre)



31 de octubre de 2009

i amarilla

DÍA DE LLUVIA
El aire es de un amarillo escondido, como un amarillo pálido visto a través de un blanco sucio. Apenas si hay amarillo en el aire ceniciento. La palidez del ceniciento, sin embargo, tiene un amarillo en su tristeza.


(Fernando Pessoa)
No es todavía el otoño, no está todavía en el aire el amarillo de las hojas caídas o la tristeza húmeda del tiempo que va a ser más tarde invierno.

(Fernando Pessoa)
Los música clásica tiene cuatro tiempos, los ritmos africanos.. tres.

29 de octubre de 2009

28 de octubre de 2009

Desgraciados los artistas que por inercia se dan en épocas en que ya no se les necesita.

(Jorge Oteiza)

27 de octubre de 2009

De tanto volar
Sedienta de tanto vuelo
En un charco de agua clara
La alondra se bebe el cielo, ay, ay

(Lole y Manuel)
..
Que pena que no miramos las cosas que Dios nos da...
Hombre, cielo, tierra, mar, risa, flor, corazón, beso...
que no nos sepamos dar como el agua simplemente sabiendo solo de eso.
..

(Lole y Manuel)

25 de octubre de 2009

El hombre que plantó árboles y creció felicidad (Jean Giono)

"Si uno quiere descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de un ser humano, debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su comportamiento durante varios años. Si este comportamiento no es egoísta, si está presidido por una generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán de recompensa, y además ha dejado una huella visible en la tierra, entonces no cabe equivocación posible.
Hace cuarenta años hice un largo viaje a pie a través de montañas completamente desconocidas por los turistas, atravesando la antigua región donde los Alpes franceses penetran en la Provenza. Cuando empecé mi viaje por aquel lugar todo era estéril y sin color, y la única cosa que crecía era la planta conocida como lavanda silvestre.
Cuando me aproximaba al punto más elevado de mi viaje, y tras caminar durante tres días, me encontré en medio de una desolación absoluta y acampé cerca de los vestigios de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el día anterior, y por lo tanto necesitaba encontrar algo de ella. Aquel grupo de casas, aunque arruinadas como un viejo nido de avispas, sugerían que una vez hubo allí un pozo o una fuente. La había, desde luego, pero estaba seca. Las cinco o seis casas sin tejados, comidas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con su campanario desmoronándose, estaban allí, aparentemente como en un pueblo con vida, pero ésta había desaparecido.
Era un día de junio precioso, brillante y soleado, pero sobre aquella tierra desguarnecida el viento soplaba, alto en el cielo, con una ferocidad insoportable. Gruñía sobre los cadáveres de las casas como un león interrumpido en su comida... Tenía que cambiar mi campamento.
Tras cinco horas de andar, todavía no había hallado agua y no existía señal alguna que me diera esperanzas de encontrarla. En todo el derredor reinaban la misma sequedad, las mismas hierbas toscas. Me pareció vislumbrar en la distancia una pequeña silueta negra vertical, que parecía el tronco de un árbol solitario. De todas formas me dirigí hacia él. Era un pastor. Treinta ovejas estaban sentadas cerca de él sobre la ardiente tierra.
Me dio un sorbo de su calabaza-cantimplora, y poco después me llevó a su cabaña en un pliegue del llano. Conseguía el agua (agua excelente) de un pozo natural y profundo encima del cual había construido un primitivo torno.
El hombre hablaba poco, como es costumbre de aquellos que viven solos, pero sentí que estaba seguro de sí mismo, y confiado en su seguridad. Para mí esto era sorprendente en ese país estéril. No vivía en una cabaña, sino en una casita hecha de piedra, evidenciadora del trabajo que él le había dedicado para rehacer la ruina que debió encontrar cuando llegó. El tejado era fuerte y sólido. Y el viento, al soplar sobre él, recordaba el sonido de las olas del mar rompiendo en la playa.
La casa estaba ordenada, los platos lavados, el suelo barrido, su rifle engrasado, su sopa hirviendo en el fuego. Noté que estaba bien afeitado, que todos sus botones estaban bien cosidos y que su ropa había sido remendada con el meticuloso esmero que oculta los remiendos. Compartimos la sopa, y después, cuando le ofrecí mi petaca de tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como él, era amigable sin ser servil.
Desde el principio se daba por supuesto que yo pasaría la noche allí. El pueblo más cercano estaba a un día y medio de distancia. Además, ya conocía perfectamente el tipo de pueblo de aquella región... Había cuatro o cinco más de ellos bien esparcidos por las faldas de las montañas, entre agrupaciones de robles albares, al final de carreteras polvorientas. Estaban habitadas por carboneros, cuya convivencia no era muy buena. Las familias, que vivían juntas y apretujadas en un clima excesivamente severo, tanto en invierno como en verano, no encontraban solución al incesante conflicto de personalidades. La ambición territorial llegaba a unas proporciones desmesuradas, en el deseo continuo de escapar del ambiente. Los hombres vendían sus carretillas de carbón en el pueblo más importante de la zona y regresaban. Las personalidades más recias se limaban entre la rutina cotidiana. Las mujeres, por su parte, alimentaban sus rencores. Existía rivalidad en todo, desde el precio del carbón al banco de la iglesia. Y encima de todo estaba el viento, también incesante, que crispaba los nervios. Había epidemias de suicidio y casos frecuentes de locura, a menudo homicida.
Había transcurrido una parte de la velada cuando el pastor fue a buscar un saquito del que vertió una montañita de bellotas sobre la mesa. Empezó a mirarlas una por una, con gran concentración, separando las buenas de las malas. Yo fumaba en mi pipa. Me ofrecí para ayudarle. Pero me dijo que era su trabajo. Y de hecho, viendo el cuidado que le dedicaba, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando ya hubo separado una cantidad suficiente de bellotas buenas, las separó de diez en diez, mientras iba quitando las más pequeñas o las que tenían grietas, pues ahora las examinaba más detenidamente. Cuando hubo seleccionado cien bellotas perfectas, descansó y se fue a dormir.
Se sentía una gran paz estando con ese hombre, y al día siguiente le pregunté si podía quedarme allí otro día más. Él lo encontró natural, o para ser más preciso, me dio la impresión de que no había nada que pudiera alterarle. Yo no quería quedarme para descansar, sino porque me interesó ese hombre y quería conocerle mejor. Él abrió el redil y llevó su rebaño a pastar. Antes de partir, sumergió su saco de bellotas en un cubo de agua.
Me di cuenta de que en lugar de cayado, se llevó una varilla de hierro tan gruesa como mi pulgar y de metro y medio de largo. Andando relajadamente, seguí un camino paralelo al suyo sin que me viera. Su rebaño se quedó en un valle. Él lo dejó a cargo del perro, y vino hacia donde yo me encontraba. Tuve miedo de que me quisiera censurarme por mi indiscreción, pero no se trataba de eso en absoluto: iba en esa dirección y me invitó a ir con él si no tenía nada mejor que hacer. Subimos a la cresta de la montaña, a unos cien metros.
Allí empezó a clavar su varilla de hierro en la tierra, haciendo un agujero en el que introducía una bellota para cubrir después el agujero. Estaba plantando un roble. Le pregunté si esa tierra le pertenecía, pero me dijo que no. ¿Sabía de quién era?. No tampoco. Suponía que era propiedad de la comunidad, o tal vez pertenecía a gente desconocida. No le importaba en absoluto saber de quién era. Plantó las bellotas con el máximo esmero. Después de la comida del mediodía reemprendió su siembra. Deduzco que fui bastante insistente en mis preguntas, pues accedió a responderme. Había estado plantado cien árboles al día durante tres años en aquel desierto. Había plantado unos cien mil. De aquellos, sólo veinte mil habían brotado. De éstos esperaba perder la mitad por culpa de los roedores o por los designios imprevisibles de la Providencia. Al final quedarían diez mil robles para crecer donde antes no había crecido nada.
Entonces fue cuando empecé a calcular la edad que podría tener ese hombre. Era evidentemente mayor de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Su nombre era Elzeard Bouffier. Había tenido en otro tiempo una granja en el llano, donde tenía organizada su vida. Perdió su único hijo, y luego a su mujer. Se había retirado en soledad, y su ilusión era vivir tranquilamente con sus ovejas y su perro. Opinaba que la tierra estaba muriendo por falta de árboles. Y añadió que como no tenía ninguna obligación importante, había decidido remediar esta situación.
Como en esa época, a pesar de mi juventud, yo llevaba una vida solitaria, sabía entender también a los espíritus solitarios. Pero precisamente mi juventud me empujaba a considerar el futuro en relación a mí mismo y a cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años sus robles serían magníficos. Él me respondió sencillamente que, si Dios le conservaba la vida, en treinta años plantaría tantos más, y que los diez mil de ahora no serían más que una gotita de agua en el mar.
Además, ahora estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un semillero con hayucos creciendo cerca de su casita. Las plantitas, que protegía de las ovejas con una valla, eran preciosas. También estaba considerando plantar abedules en los valles donde había algo de humedad cerca de la superficie de la tierra.Al día siguiente nos separamos.
Un año más tarde empezó la Primera Guerra Mundial, en la que yo estuve enrolado durante los siguientes cinco años. Un «soldado de infantería» apenas tenía tiempo de pensar en árboles, y a decir verdad, la cosa en sí hizo poca impresión en mí. La había considerado como una afición, algo parecido a una colección de sellos, y la olvidé.
Al terminar la guerra sólo tenía dos cosas: una pequeña indemnización por la desmovilización, y un gran deseo de respirar aire fresco durante un tiempo. Y me parece que únicamente con este motivo tomé de nuevo la carretera hacia la «tierra estéril».
El paisaje no había cambiado. Sin embargo, más allá del pueblo abandonado, vislumbré en la distancia un cierto tipo de niebla gris que cubría las cumbres de las montañas como una alfombra. El día anterior había empezado de pronto a recordar al pastor que plantaba árboles. «Diez mil robles -pensaba- ocupan realmente bastante espacio». Como había visto morir a tantos hombres durante aquellos cinco años, no esperaba hallar a Elzeard Bouffier con vida, especialmente porque a los veinte años uno considera a los hombres de más de cincuenta como personas viejas preparándose para morir... Pero no estaba muerto, sino más bien todo lo contrario: se le veía extremadamente ágil y despejado: había cambiado sus ocupaciones y ahora tenía solamente cuatro ovejas, pero en cambio cien colmenas. Se deshizo de las ovejas porque amenazaban los árboles jóvenes. Me dijo -y vi por mí mismo- que la guerra no le había molestado en absoluto. Había continuado plantando árboles imperturbablemente. Los robles de 1.910 tenían entonces diez años y eran más altos que cualquiera de nosotros dos. Ofrecían un espectáculo impresionante. Me quedé con la boca abierta, y como él tampoco hablaba, pasamos el día en entero silencio por su bosque. Las tres secciones medían once kilómetros de largo y tres de ancho. Al recordar que todo esto había brotado de las manos y del alma de un hombre solo, sin recursos técnicos, uno se daba cuenta de que los humanos pueden ser también efectivos en términos opuestos a los de la destrucción...
Había perseverado en su plan, y hayas más altas que mis hombros, extendidas hasta el límite de la vista, lo confirmaban. me enseñó bellos parajes con abedules sembrados hacía cinco años (es decir, en 1.915), cuando yo estaba luchando en Verdún. Los había plantado en todos los valles en los que había intuido -acertadamente- que existía humedad casi en la superficie de la tierra. Eran delicados como chicas jóvenes, y estaban además muy bien establecidos.
Parecía también que la naturaleza había efectuado por su cuenta una serie de cambios y reacciones, aunque él no las buscaba, pues tan sólo proseguía con determinación y simplicidad en su trabajo. Cuando volvimos al pueblo, vi agua corriendo en los riachuelos que habían permanecido secos en la memoria de todos los hombres de aquella zona. Este fue el resultado más impresionante de toda la serie de reacciones: los arroyos secos hacía mucho tiempo corrían ahora con un caudal de agua fresca. Algunos de los pueblos lúgubres que menciono anteriormente se edificaron en sitios donde los romanos habían construido sus poblados, cuyos trazos aún permanecían. Y arqueólogos que habían explorado la zona habían encontrado anzuelos donde en el siglo XX se necesitaban cisternas para asegurar un mínimo abastecimiento de agua.
El viento también ayudó a esparcir semillas. Y al mismo tiempo que apareció el agua, también lo hicieron sauces, juncos, prados, jardines, flores y una cierta razón de existir. Pero la transformación se había desarrollado tan gradualmente que pudo ser asumida sin causar asombro. Cazadores adentrándose en la espesura en busca de liebres o jabalíes, notaron evidentemente el crecimiento repentino de pequeños árboles, pero lo atribuían a un capricho de la naturaleza. Por eso nadie se entrometió con el trabajo de Elzeard Bouffier. Si él hubiera sido detectado, habría tenido oposición. Pero era indetectable. Ningún habitante de los pueblos, ni nadie de la administración de la provincia, habría imaginado una generosidad tan magnífica y perseverante.
Para tener una idea más precisa de este excepcional carácter no hay que olvidar que Elzeard trabajó en una soledad total, tan total que hacía el final de su vida perdió el hábito de hablar, quizá porque no vio la necesidad de éste.
En 1.933 recibió la visita de un guardabosques que le notificó una orden prohibiendo encender fuego, por miedo a poner en peligro el crecimiento de este bosque natural. Esta era la primera vez -le dijo el hombre- que había visto crecer un bosque espontáneamente. En ese momento, Bouffier pensaba plantar hayas en un lugar a 12 Km. de su casa, y para evitar las idas y venidas (pues contaba entonces 75 años de edad), planeó construir una cabaña de piedra en la plantación. Y así lo hizo al año siguiente.
En 1.935 una delegación del gobierno se desplazó para examinar el «bosque natural». La componían un alto cargo del Servicio de Bosques, un diputado y varios técnicos. Se estableció un largo diálogo completamente inútil, decidiéndose finalmente que algo se debía hacer... y afortunadamente no se hizo nada, salvo una única cosa que resultó útil: todo el bosque se puso bajo la protección estatal, y la obtención del carbón a partir de los árboles quedó prohibida. De hecho era imposible no dejarse cautivar por la belleza de aquellos jóvenes árboles llenos de energía, que a buen seguro hechizaron al diputado.
Un amigo mío se encontraba entre los guardabosques de esa delegación y le expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente fuimos a ver a Elzeard Bouffier. Lo encontramos trabajando duro, a unos diez kilómetros de donde había tenido lugar la inspección.
El guardabosques sabía valorar las cosas, pues sabía cómo mantenerse en silencio. Yo le entregué a Elzeard los huevos que traía de regalo. Compartimos la comida entre los tres y después pasamos varias horas en contemplación silenciosa del paisaje...
En la misma dirección en la que habíamos venido, las laderas estaban cubiertas de árboles de seis a siete metros de altura. Al verlos recordaba aún el aspecto de la tierra en 1.913, un desierto... y ahora, una labor regular y tranquila, el aire de la montaña fresco y vigoroso, equilibrio y, sobre todo, la serenidad de espíritu, habían otorgado a este hombre anciano una salud maravillosa. Me pregunté cuántas hectáreas más de tierra iba a cubrir con árboles.
Antes de marcharse, mi amigo hizo una sugerencia breve sobre ciertas especies de árboles para los que el suelo de la zona estaba especialmente preparado. No fue muy insistente; «por la buena razón -me dijo más tarde- de que Bouffier sabe de ello más que yo». Pero, tras andar un rato y darle vueltas en su mente, añadió: «¡y sabe mucho más que cualquier persona, pues ha descubierto una forma maravillosa de ser feliz!».
Fue gracias a ese hombre que no sólo la zona, sino también la felicidad de Bouffier fue protegida. Delegó tres guardabosques para el trabajo de proteger la foresta, y les conminó a resistir y rehusar las botellas de vino, el soborno de los carboneros.
El único peligro serio ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Como los coches funcionaban con gasógeno, mediante generadores que quemaban madera, nunca había leña suficiente. La tala de robles empezó en 1.940, pero la zona estaba tan lejos de cualquier estación de tren que no hubo peligro. El pastor no se enteraba de nada. Estaba a treinta kilómetros, plantando tranquilamente, ajeno a la guerra de 1.939 como había ignorado la de 1.914.
Vi a Elzeard Bouffier por última vez en junio de 1.945. Tenía entonces ochenta y siete años. Volví a recorrer el camino de la «tierra estéril»; pero ahora en lugar del desorden que la guerra había causado en el país, un autobús regular unía el valle del Durance y la montaña. No reconocí la zona, y lo atribuí a la relativa rapidez del autobús... Hasta que vi el nombre del pueblo no me convencí de que me hallaba realmente en aquella región, donde antes sólo había ruinas y soledad.
El autobús me dejó en Vergons. En 1.913 este pueblecito de diez o doce casas tenía tres habitantes, criaturas algo atrasadas que casi se odiaban una a otra, subsistiendo de atrapar animales con trampas, próximas a las condiciones del hombre primitivo. Todos los alrededores estaban llenos de ortigas que serpenteaban por los restos de las casas abandonadas. Su condición era desesperanzadora, y una situación así raramente predispone a la virtud.
Todo había cambiado, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos que solían soplar, ahora corría una brisa suave y perfumada. Un sonido como de agua venía de la montaña. Era el viento en el bosque; pero más asombro era escuchar el auténtico sonido del agua moviéndose en los arroyos y remansos. Vi que se había construido una fuente que manaba con alegre murmullo, y lo que me sorprendió más fue que alguien había plantado un tilo a su lado, un tilo que debería tener cuatro años, ya en plena floración, como símbolo irrebatible de renacimiento.
Además, Vergons era el resultado de ese tipo de trabajo que necesita esperanza, la esperanza que había vuelto. Las ruinas y las murallas ya no estaban, y cinco casas habían sido restauradas. Ahora había veinticinco habitantes. Cuatro de ellos eran jóvenes parejas. Las nuevas casas, recién encaladas, estaban rodeadas por jardines donde crecían vegetales y flores en una ordenada confusión. Repollos y rosas, puerros y margaritas, apios y anémonas hacían al pueblo ideal para vivir.
Desde ese sitio seguí a pie. La guerra, al terminar, no había permitido el florecimiento completo de la vida, pero el espíritu de Elzeard permanecía allí. En las laderas bajas vi pequeños campos de cebada y de arroz; y en el fondo del valle verdeaban los prados.Sólo fueron necesarios ocho años desde entonces para que todo el paisaje brillara con salud y prosperidad. Donde antes había ruinas, ahora se encontraban granjas; los viejos riachuelos, alimentados por las lluvias y las nieves que el bosque atrae, fluían de nuevo. Sus aguas alimentaban fuentes y desembocan sobre alfombras de menta fresca. Poco a poco, los pueblecitos se habían revitalizado. Gentes de otros lugares donde la tierra era más cara se habían instalado allí, aportando su juventud y su movilidad. Por las calles uno se topaba con hombres y mujeres vivos, chicos y chicas que empezaban a reír y que habían recuperado el gusto por las excursiones. Si contábamos la población anterior, irreconocible ahora que gozaba de cierta comodidad, más de diez mil personas debían en parte su felicidad a Elzeard Bouffier.
Por eso, cuando reflexiono sobre aquel hombre armado únicamente por sus fuerzas físicas y morales, capaz de hacer surgir del desierto esa tierra de Canán, me convenzo de que a pesar de todo la humanidad es admirable. Cuando reconstruyo la arrebatadora grandeza de espíritu y la tenacidad y benevolencia necesaria para dar lugar a aquel fruto, me invade un respeto sin límites por aquel hombre anciano y supuestamente analfabeto, un ser que completó una tarea digna de Dios.
(Elzeard Bouffier murió pacíficamente en 1.947 en el hospicio de Banon)."

23 de octubre de 2009

Te despeñas. Es el sinfín desesperante, igual y no obstante contrario a la noche de los cuerpos donde apenas un manantial cesa aparece otro que reanuda el fin de las aguas.
Sin el perdón de las aguas no puedo vivir. Sin el mármol final del cielo no puedo morir.

(Alejandra Pizarnik)
La angustia crece, evoluciona, busca como un gran río darse en nuestras manos hasta acabar.. No hay angustia verdadera en la angustia de hoy en equilibrio, que no llega a las manos, que se queda y pudre y hasta se mercantiliza.

(Jorge Oteiza)
Los ojos del Guadiana se cerraron en 1986, ahora arden.

22 de octubre de 2009

..
Yo no entiendo de colores
sólo me gusta el moreno
de las carnes de mi Lole
..

(Lole y Manuel)
¿Cómo, estás celosa?, 1892 (Eugène Henri Paul Gauguin)
Tahitian Women with Mango Blossoms, 1899 (Eugène Henri Paul Gauguin)
La vita e la morte, 1899 (Eugène Henri Paul Gauguin)
¿Alguno quiere ver el alma?
Mira tus formas y tu rostro, personas, estancias, ganados,
árboles, arroyos que corren, rocas y arenas.
Todos contienen regocijos espirituales e inmediatamente
los derraman.


(Walt Whitman)
(Imagen: Museo Oteiza)

PALABRA EN PIEDRA (Oteiza, en Aránzazu)

El vacío del centro
de la piedra,
círculo horizontal
prolongándose
por sí solo,
redondo
y pleno
todo,
lengua llameando,
izando
entre la piedra
cóncava,
cuchara de la palabra,
sílabas oleando,
ritmo
brizado en el silencio,
ahondando
en el cuenco de la mano
poderosa
de Oteiza.

(Blas de Otero)

20 de octubre de 2009

El escultor es el hombre que se desmarca cuando todos están atentos a una jugada lógica de espíritu. Lo lógico en arte es irracional, pero tiene su razonamiento que es la Estética. Un poco antes es Poética, un poco después es cuando hay que contener la respiración y sumergirse. Esto es algo difícil, ¿cómo se hace? Es exactamente la pregunta de cómo se hace el hombre.

(Jorge Oteiza)
..pues ni aún así, el cuadrado A es exactamente del mismo color que el cuadrado B

(Edward H. Adelson, Wikipedia)
Siempre ve uno aquello que sabe de las cosas. Si uno no piensa, si no está en antecedentes de lo que está viendo, la sombra de uno se proyecta sobre lo que miramos. El artista hace visible su pensamiento, pero es preciso entender el lenguaje de esta revelación. Conocer el lenguaje que en cada época cultural se renueva y enriquece, es conocer donde se encuentra la llave de la luz.

(Jorge Oteiza)
El desarrollo del lenguaje primitivo puede haberse basado en correspondencias de tipo sinestésico.

(Ramachandran y Hubbard)
El color es el teclado. El ojo es el martillo. El alma es el piano con sus muchas cuerdas.

(Wassily Kandinsky)
Las confesiones de un sinestésico tienen que sonar tediosas y pretenciosas a quienes están protegidos de tales fugas.

(Vladimir Nabokov)
Aunque la sinestesia sea idiosincrásica, hay más probabilidad estadística de que los sinestésicos vean la 'A' como roja, antes que de otros colores.

(Ramachandran y Hubbard)

19 de octubre de 2009

Los primeros colores en el vocabulario son blanco y negro, luego aparece el rojo, después el verde o el amarillo, luego el azul, luego el marrón y después el rosa, naranja, violeta y gris.

(Brent Berlin y Paul Kay)
Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.

(Ludwig Wittgenstein)

18 de octubre de 2009

La luna y la tierra, 1893 (Eugène Henri Paul Gauguin)

De espaldas, desnuda, agarrada a la cabeza de un hombre y delante de un manantial de agua clara; la diosa Tefatou (la Tierra) que negó a la diosa Hine (la Luna) la petición de inmortalidad para la humanidad.

QUIERO

Oh tierra! Estas mis lágrimas, no mienten Quiero entregarme a ti, tierra o sol o viento o mar llorar la carencia de madre o cariño olvidar las viejas pesadillas, y esta tristeza sola y amarga Quiero llorar el fracaso del hombre y borrar su absurda geometría Quiero dormir en tu pecho y besar tu vieja piel torpemente ser pisado y sentirme apretado contra ti despojarme de estos zapatos y correr quieto entre tu piel Quiero sufrir con el árbol ultrajado ser arrastrado por la lluvia y ayudar al silencio de la tierra mojada llorar a los amigos y no lágrimas inútiles Quiero llorar la luna amarillenta y enferma Quiero contigo sol, acariciar la piel desnuda del niño Quiero gritar contigo viento celebrar tu fuerza o palabra ahogada danzar al son de tu música y no temerte asustar al torpe y cobarde hombre Quiero contigo lluvia, golpear con furia o amor su cemento y devolver a la tierra sus humos insultantes Quiero una lucha cierta contra el hombre pudrir mis enfermas máscaras y mi insomnio y aplacar junto a ti, tierra, al hombre o torpeza Quiero la última batalla con letras grandes y dibujadas Quiero calladamente hablar contigo tierra, del dios de los hombres Quiero la no-lógica del árbol o su desorden tan lleno de vida Quiero no ser útil al hombre la palabra inoportuna o lágrima o sudor o vida sentir la sonrisa del niño o serenidad de la luna Quiero el abrazo total de la lluvia y no este torpe y falso de mis lágrimas Quiero el amor último o muerte Quiero Madre-tierra volver a tu música callada o útero Quiero irme con la lluvia y dar por fin descanso a este miedo contenido Quiero una MADRE siempre 

(De un chaval que conocí. 1983)

15 de octubre de 2009

Vista sobre la Catedral de Tudela (Lary)
El aire se satura
y todo huele a miel.
Bajo el cielo naranja,
respiramos la sospecha de que estuvieron los tramoyistas.
Todo está listo para el amor.
No llores.
Cuando vengan a recoger la basura, nos iremos.
La luz o corbata o reloj nos habrá anulado.
Entonces, ..entonces no me preguntes por el amor.

(De un chaval que conocí. 1982)
Duele el alma amarilla o una avellana [lenta,
la que rodó mejilla abajo cuando [estábamos dentro del agua
y las lágrimas no se sentían más que al [tacto.


(Vicente Aleixandre)

INSTANTE

Mira mis ojos Vencen el sonido
Escucha mi dolor como una luna
Así rondando plata en tu garganta
duerme o duele
O se ignora
O se disuelve
Forma. Clamor. Oh cállate. Soy eso
Soy pensamiento o noche contenida


Bajo tu piel un sueño no se marcha
un paisaje de corzas suspendido


(Vicente Aleixandre)
«¿A ti te ofende el insensato? (A ti, sí) Pero lo único que nos ha valido en nuestra historia es lo que ha hecho el insensato»

(Jorge Oteiza)

14 de octubre de 2009

el estilo

«El estilo, oblicuo u ondulante del bertsolari no puede traducirse en línea recta. El ángulo recto, el razonamiento geométrico, el poeta que cuenta las sílabas con los dedos, son coherencia lógica, de medida, de inseguridad ante la naturaleza, con los ojos abiertos siempre, que hace que todas las artes sean espaciales, de medida visual, en la tradición latina. En el vasco el arte le vuelve a la naturaleza, su estilo es como ella, sentimiento y libertad. En la tradición latina visualmente se puede sólo ver, en la tradición vasca visualmente se puede oír, se puede confiar en la naturaleza, se puede cerrar los ojos* sumergirse en uno mismo para ver más, con un estilo confiado, libre, temporal. Con la comprensión visual del silencio-cromlech, el estilo vasco se identifica con el de la naturaleza exterior, en cuya voz, en cuyo canto, podemos reconocer hoy el canto que conduce el monólogo interior del bertsolari lo mismo que el comportamiento como de río, como de canción natural, que está en nuestra vida y en nuestras tradiciones.
* El cromlech pone ante nuestros ojos abiertos, aquello que hemos aprendido a ver cuando cerramos los ojos. Cerrar los ojos, es suspensión espiritual, se borra la expresión, se desocupa el espacio, convirtiéndolo en sitio receptivo para la actividad de la conciencia, en espacio-iglesia.»

(Jorge Oteiza)

Abstenerse hooligans, si Velázquez tuvo un estilo vasco, todos podemos.
«El hombre no sabe, huye, de su oficio de hombre que es fabricar vida. Algunos hombres fabrican el arte, para que se aclare, se facilite, se ayude, este penoso pero hermoso oficio de hombre»

(Jorge Oteiza)
«no es el tiempo unido a la expresión, el que juega, es el tiempo interior en libertad de un hombre atento al silencio»

(Jorge Oteiza)
«Necesito romper la conexión del Tiempo con el espacio, esto es, transformar el espacio de la realidad exterior en espacio libre de realidad interna, en espacialidad inmóvil, que quiere decir viviente fuera del Tiempo»

(Jorge Oteiza)
No quiero estar. Me quiero en el ser.

(Jorge Oteiza)

12 de octubre de 2009

alma abierta

«De esta época data mi costumbre de anotar pensamientos sueltos. Así escribí De lo espiritual en el arte sin darme cuenta. Las notas se fueron acumulando durante más de diez años (..) Por aquel tiempo me hacía aún la ilusión de que el espectador se enfrentaba al cuadro con el alma abierta y queriendo escuchar un lenguaje congenial. Existen espectadores así (no son una ilusión) pero son raros como los granos de oro en la arena»

El año que viene se cumplen 100 años de que Wassily Kandinsky, terminara de escribir De lo espiritual en el arte. ¡100 años!

Sí, estamos a abrir el alma, pero si tenemos un cerrojo por alma!!!

8 de octubre de 2009

El arco (Henry Moore)
Foto: C. Zeballos
Vengo del ronco tambor de la luna
en la memoria del puro animal.
Soy una astilla de tierra que vuelve
hacia su antigua raíz mineral.

Vengo de adentro del hombre dormido
bajo la tierra gredosa y carnal.
Rama de sangre, florezco en el vino,
y el amor bárbaro del carnaval

(El Cabrero)
Pero a pesar de su débil sonido exterior, el marrón produce un poderoso sonido interno. La utilización adecuada del marrón crea una belleza interior indescriptible: la retardación. Si el rojo cinabrio suena como la tuba, el marrón puede compararse con el redoble del tambor.

(Wassily Kandinsky)
..
mi inculgaré a tus besus
com´un cantu


..
me colgaré de tus labios
como un canto.

(Clarisse Nicoïdski)

7 de octubre de 2009

ARAGÓN

Polvo, niebla, viento y sol
y donde hay agua, una huerta;
al norte, los Pirineos:
esta tierra es Aragón.

Al norte, los Pirineos
al sur, la sierra callada,
pasa el Ebro por el centro
con su soledad a la espalda.

Dicen que hay tierras al este
donde se trabaja y pagan..
Hacia el oeste el Moncayo
como un dios que ya no ampara.

Desde tiempos a esta parte,
vamos camino de nada,
vamos a ver como el Ebro
con su soledad se marcha.

Y con el van en compaña
las gentes de estas vaguadas,
de estos valles, de estas sierras,
de estas huertas arruinadas.

Polvo, niebla, viento y sol
y donde hay agua, una huerta;
al norte, los Pirineos:
esta tierra es Aragón.

(José Antonio Labordeta)

diario 07 octubre

están cosechando el maíz

Herida (Zush -Albert Porta-)

6 de octubre de 2009

en fin..

25 artistas - 25 poemas
25 años sin Vicente Aleixandre

Museo de la Ciudad. Madrid
Príncipe de Vergara, 140
Del 7 oct al 8 dic
De martes a viernes: de 9,30 a 20 horas
Sábados y domingos: de 10 a 14 horas
Lunes y festivos cerrado


http://www.secc.es/ficha_actividades.cfm?id=2640

3 de octubre de 2009

diario 03 octubre (2)

de entre el muñón en que la ha convertido el conejo, la achicoria (Cichorium intybus) florece

diario 03 octubre



me di cuenta de su presencia ayer,

las quitameriendas (Merendera montana) anuncian el comienzo del otoño


tras la tormenta, algunos refuerzan sus defensas..


El sol, joven y fuerte,
ha vencido a la luna,
que se aleja impotente,
del campo de batalla.

(Lole y Manuel)

nadie lo diría, mañana llena, enfrente, el sol poniéndose

2 de octubre de 2009

1 de octubre de 2009

dizis avlas cun árvulis
tenin folyas qui cantan
y páxarus
qui djuntan sol

tu silenziu
disparta
lus gritus
dil mundu


dices palabras con árboles
tienen hojas que cantan
y pájaros
que juntan sol

tu silencio
despierta
los gritos
del mundo

(Juan Gelman)
diario 01 octubre

El Albardial es un arroyo estacional (aunque creo que estacional ya está en la definición de arroyo). Ayer llovió y llovió y hoy he ido a verlo correr. Lo imaginaba corriendo, riendo, pero estaba seco. ¡Cuanta sed no tiene esta tierra!
The Art of living, 1967 (René François Ghislain Magritte)
..Oh, no, sus pensamientos,
recogidos a diario, porque nunca para él; para él no fueron.
Hacer, hizo. Pensaba,
y casi sin pensarlo,
que vivir es hacer. Hizo con todos.

(Vicente Aleixandre)
Esa es la verdadera libertad: ser capaz de salir de uno mismo, atravesar los límites de nuestro pequeño mundo individual para abrirse al universo.

(Alejandro Jodorowsky)