Estoy sentado y humedecido mecido por mis calores
y las aguas traspasan mis oídos traslúcidos
No aprenderé las palabras que me están rozando
ni desliaré mi lengua de debajo de mis pisadas
Pienso seguir así hasta que el agua se alce
hasta que mi piel desprendida deje sueltos los ríos

(Vicente Aleixandre)



23 de junio de 2010

esta noche, doscientos sesenta y cuatro mensuarios
Sí, había una piscina, pero nadie se bañó y mucho menos en bolas. Nadie allí tenía pintas de bañarse desnudo. No conocía a nadie, salvo a los dueños y a quién me había invitado a ir (con falsas promesas de bacanal) que era un empleado de ellos. Me había llevado mi padre, seguramente necesitaba el coche temprano para el día siguiente. No recuerdo como volví al pueblo. Ella había llegado allí, también de casualidad. Apenas si salía alguna noche y además, algo referido a su madre estuvo a punto de impedirle ir. Me hechizó nada mas verla. Durante la cena, ella estuvo sentada en el otro extremo de la mesa. Aunque perdía matices, desde esa distancia pude mirarla durante toda la cena. Ella consciente de mis miradas, devolvía algunas y de vez en cuando, hacía un gesto que me sigue fascinando.