Estoy sentado y humedecido mecido por mis calores
y las aguas traspasan mis oídos traslúcidos
No aprenderé las palabras que me están rozando
ni desliaré mi lengua de debajo de mis pisadas
Pienso seguir así hasta que el agua se alce
hasta que mi piel desprendida deje sueltos los ríos

(Vicente Aleixandre)



30 de junio de 2012

Siempre que corro contra el viento vuelvo al mismo lugar. Fustiñana. Recuerdo que vivíamos ya en la casa nueva, por lo que tenía más de cinco años, pero no recuerdo cuando empecé a andar en bici, aunque creo que fue con seis o siete años. Íbamos al río a bañarnos con las bicis, mi padre, mi hermano y yo; mi hermano con mi padre en la bici grande, yo en la pequeña. Se estaba levantando aire y nublando y la gente empezaba a volverse ¡Mejor todo el río para nosotros! ¿Y si llueve? ¡Nos metemos en el agua! Cuando llegamos al río no quedaba nadie. Habíamos llegado para darnos media vuelta. El viento arreció hasta resultar titánico mantenerse en pie con la bici. El viento soplaba de costado y con la bici tumbada en su contra, en un ángulo imposible, pedaleaba a duras penas. Mi padre me gritaba dándome ánimos ¡Venga valiente! No recuerdo cuántas veces el viento me tiró al suelo. La bici no avanzaba, el tiempo detenido, los ánimos de mi padre, el viento, la lluvia amenazante..., una sola vuelta de pedal era eterna. Queríamos llegar a una cabaña semiderruida que habíamos visto al pasar junto a una curva, pero apenas avanzábamos. Por fin, con las primeras gotas llegamos a la cabaña. Nos secamos con la toalla para el baño que llevábamos y hablamos de lo que habíamos vivido mientras veíamos caer la pedregada. Cuando pasó el peligro volvimos a casa. Encontramos a mi madre fuera de si. Había intentado conseguir un taxi que la llevara a buscarnos sin éxito. ¡Sí! ¡Habíamos estado solos, la tormenta y nosotros!