Estoy sentado y humedecido mecido por mis calores
y las aguas traspasan mis oídos traslúcidos
No aprenderé las palabras que me están rozando
ni desliaré mi lengua de debajo de mis pisadas
Pienso seguir así hasta que el agua se alce
hasta que mi piel desprendida deje sueltos los ríos

(Vicente Aleixandre)



22 de agosto de 2012

Alguna vez corriendo (supongo que algo tendrán que ver las endorfinas) he conectado verticalmente con todo mi tiempo. Son sólo unos segundos, no sé, ¿tres? Luego quiero asir esa sensación pero ya no está, en su lugar queda un vacío en el pecho. No acostumbro a diseccionar lo que vivo, pero esto me parece tan extraordinario que lo intento. Creo que es necesario que al menos dos gestos me aparten de la rutina. Me explico. El primero es el modo de correr. Puedo ir tirando de mí o dejándome llevar (la diferencia es más o menos de un minuto en cada kilómetro). El segundo es que en esa rutina, que ya lo es menos porque voy tirando de mí, haga algo que altere el ritmo de ese reloj que mueven piernas y brazos. Puede ser una patada a una piedra del camino con intención de apartarla para evitar tropezar con ella en una próxima vez. Entonces todo es rápido, ¿rápido? En dos o tres segundos siento conectar con más de mil quinientos millones de segundos vividos. Siento vértigo (¡ya te digo!), olores, ¿los recuerdos huelen, verdad? Recuerdo, olor, tiempo, son una misma cosa, un modo primitivo de entender y sentir las cosas. Nada después ni siquiera consigo recordar la sensación. Otras veces es un olor el que me sacude y me conecta con mi yo más antiguo, ese olor, alguna vez, lo ha provocado la imagen de un bol de desayuno blanco con topos rojos. En otra ocasión una sobredosis de glutamato en la comida de un chino hizo que viera todo rojo y me dio vértigo, sí, pero de pánico. Conservo dos cuadros que rescaté de la basura, la sensación que obtengo mirándolos es la única forma que conozco de ir vagamente a donde describo cuando lo deseo.